Viaje al interior de la Tierra

Hace unos 60 millones de años estaban bajo el mar, hoy son cerros calcáreos que se elevan como uno de los símbolos más imponentes del Parque Nacional Barra Honda, ubicado en Nicoya, Guanacaste, y en cuyo interior un sistema de cavernas deja entrever figuras sorprendentes labradas un centímetro cada mil años en forma de enormes estalactitas y estalagmitas.

Como si fuera poco, el parque está inmerso en una de las cinco zonas azules del planeta, esas donde la gente no solo vive mucho, sino mejor, y es también centro de un modelo turístico que beneficia tanto al parque como a las comunidades locales, gracias al trabajo de guías locales que invierten en conservación, traducen para los turistas los secretos del bosque tropical seco y descienden a las cavernas con los más aventureros.

Parte de estos últimos resultamos una colega periodista y yo. No resistimos a la tentación de imaginarnos decenas de metros bajo tierra descubriendo esas maravillas milenarias.

Pero llegar propiamente a las cavernas no es tarea fácil. Se inicia caminando dos kilómetros en cuesta, que a la 1 p.m. en pleno calor guanacasteco no es como para ir cantando.

A menos que se siga el ejemplo de algunos de los integrantes del grupo, que decidieron llegar hasta lo alto en un auto no apto, más por el chofer que por el aparato, y se quedaron pegados chillando llantas en media cuesta junto a un precipicio.

Luego de un kilómetro y medio más caminando entre raíces y rocas llegamos finalmente a la boca de la Terciopelo. Suena muy tétrico, pero es el nombre de la única caverna que está abierta al público.

Cuando me percaté, ya tenía todo el equipo de descenso puesto, los arneses, el casco con linterna y, para mi sorpresa, resultaba ser yo la primera que debía entrar en esa enorme boca oscura, asida, eso sí, a una cuerda de seguridad, pero con la misión de bajar sola una escalera de 17 metros enclavada en la roca y también con mascarilla.   

¡¿En qué momento me metí a hacer esto?! Fue lo primero que pensé. Sin embargo, sintiendo la típica presión de grupo, empecé a descender casi abrazada a esa escalera fría de metal que se hacía eterna.

Ya cuando sentía que iba a buen ritmo, apareció una gran roca en la oscuridad, una que no me permitía colocar con firmeza mi bota doble tracción en el siguiente escalón, y me sentí morir. Cometí el gran error de mirar hacia abajo y tuve que hacerme todas las porras internas del caso para no quedar congelada.  

Se sintió como un siglo, pero finalmente toqué suelo firme. Tenía presente que era un viaje con regreso, por lo que en algún momento tendría irremediablemente que subir. Poco a poco llegaron los demás miembros del grupo y procedimos a caminar en medio de un ambiente oscuro y húmedo y por lo menos 8 grados más fresco, hasta alcanzar más de 30 metros de profundidad.

Empezaron a emerger esas formas espectaculares de un blanco intenso que las estalactitas y estalagmitas habían esculpido durante miles de años en forma de medusas gigantes, papayas y hasta la sagrada familia.

Al fin y al cabo, pasar cualquier cosa valía la pena por el simple hecho de estar ahí. Inevitablemente llegó también la hora del regreso, esta vez concentrándome literalmente en la luz al final del túnel, solo que uno vertical en vez de horizontal para hacerlo más difícil, y sin mirar atrás.

Llegó la roca atravesada donde sentía que me resbalaba. Ya casi. Hasta que llegué a esa enorme entrada de luz donde ya estaban los demás y de la que prometí no despegarme nunca más.

La intención duró poco, porque como suele pasar en la vida con las emociones fuertes y esas experiencias duras que realizan, estoy segura de que volveré.

Artículo publicado originalmente en la sección Tinta Fresca de la Revista Dominical del periódico La Nación de Costa Rica el 9 de mayo de 2021. Ver original aquí.

 

 

 

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